Hay una frase que me acompaña casi todos los días desde que estoy embarazada, a modo de mantra. A veces, me la digo a mí misma en silencio cuando me despierto. En otras ocasiones, cuando noto una punzada de culpa sin motivo o cuando, sin querer, me comparo con otras mujeres que parecen tenerlo todo mucho más controlado que yo. El mensaje es sencillo, pero me parece muy poderoso porque me ayuda a proteger mi salud mental. Mi mantra es: “No soy una madre perfecta”.
Puedes pensar que soy un poco radical, o incluso pesimista. Pero, en realidad, para mí significa justo lo contrario: es mi forma de cuidar de mí misma y, por extensión, de la bebé que espero. Con esta frase, me estoy autosugestionando para mantener a raya las expectativas, exigencias y esas presiones silenciosas de la maternidad con las que ya estoy empezando a cargar.
Estoy aceptando que no voy a ser una madre perfecta (y eso está bien)

No sé tú, pero yo siento que vivo rodeada de una maternidad perfecta a la que todas llegan a todo, menos yo. O eso parece.
En redes sociales es fácil encontrar mamás que siempre sonríen y están muy bien peinadas, que tienen tiempo para preparar desayunos de mil colores, cuyos bebés duermen del tirón y cuyas casas parecen más limpias que un quirófano. Y claro, viendo esas imágenes, es imposible que no me pregunte a mí misma: ¿Seré yo capaz de tener el salón o la cocina tan ordenados cuando nazca mi bebé? ¿Estaré a la altura?
La respuesta la tengo clara: No, claro que no, nadie está a la altura. Sin embargo, admito que, tras un rato haciendo scroll, me entran dudas. Por supuesto, fruto de la autoexigencia. Pero aquí viene la verdad incómoda, que también es muy liberadora: la madre perfecta no existe, nunca ha existido y tampoco hace falta.

La presión y la autoexigencia durante la maternidad
Estarás de acuerdo conmigo en que existe una presión externa que las mujeres recibimos de una forma casi invisible. Pero, en mi caso y creo que en el de muchas mamás también, sentimos también una presión interna, casi automática, que creamos nosotras mismas.
Esa necesidad de hacerlo todo bien, de llegar a todo, de ser pacientes, de estar limpias (sí, limpias), amables (sin un solo grito), disponibles, cercanas… incluso cuando el cuerpo y la mente piden descanso. Es como si lleváramos dentro un pequeño juez que nos recuerda lo que aún no hemos hecho o lo que podríamos hacer mejor.
Por eso, estoy convencida de que renunciar a ser la madre perfecta no es rendirse: es dejar espacio para respirar y proteger mi salud mental. Para quitarme todas las exigencias, quiero empezar a aceptar y abrazar esa imperfección. Porque necesito darme cuenta de que la maternidad no es un examen en el que están juzgando mi valía.
¿Y sabes qué es lo mejor de todo esto? Que estoy convencida de que mi hija, la que crece en mi barriga, jamás me va a exigir ser una madre perfecta.
¿Por qué todas las madres sentimos culpa en algún momento?
Recuerdo, perfectamente, la primera vez que sentí esa famosa ‘culpa de las madres’, de la que tanto había oído hablar. Estaba embarazada de 12 semanas, ¡12 semanas! Aún mi bebé tenía aspecto de alien, y yo ya había sentido culpa por no ser una buena madre.
Me sentí culpable por enfadarme al ver que no podría participar en un plan que me apetecía mucho: ir la boda de un amigo en otro país, justo unas semanas después de que naciera mi hija. Y, para colmo, la culpa fue en aumento, cuando pensé (dramática yo) que todo ese estrés podría estar inundando de cortisol a mi bebé. Un poco rocambolesco, ¿no te parece? No me juzgues…
Aunque esta fue la primera vez, no ha sido la única. También he sentido culpa por estar dos días sin sentarme en la pelota para practicar los movimientos con la pelvis, por no comer verduras o frutas en una comida, por irme a dormir demasiado tarde enganchada a una serie…
Y cuando empiezo a notar que la culpa asoma, me repito mi mantra favorito: “No soy una madre perfecta y está bien”. Puede que esta frase no sea para todo el mundo, pero a mí me está dando paz.

Lo que sí necesita un bebé (y no tiene nada que ver con la maternidad perfecta)
Estoy segura de que mi hija nunca me va a exigir tanto como me exijo yo. Un bebé no necesita una madre perfecta. Necesita una mamá que esté, que mire, que abrace, que nombre lo que siente, que se permita tener malos días sin esconderlos. Necesita una madre real, que sea accesible y, sobre todo humana (muy humana).
La vida también se aprende en lo cotidiano: cuando una madre pide perdón, cuando muestra que está cansada y se da la posibilidad de descansar, cuando reconoce que se ha equivocado y trata de reparar sus errores… Todo eso educa.
Un bebé no quiere una heroína (y menos mal), quiere un vínculo. Y el vínculo no nace de la perfección, nace de la presencia.
Por eso, cuando me repito el mantra de “No soy una madre perfecta” siento una gran liberación. Siento el alivio de no tener que compararme ni alcanzar a nadie y suelto la obligación de dar lo máximo de mí cada minuto. Por eso, estoy intentando disfrutar de mi embarazo sin el miedo de decepcionar a nadie.
Te aseguro que mi salud mental me agradece que priorice la conexión conmigo misma y mi cuidado. Y sobre todo, siento que estoy preparando un espacio emocional más sano para cuando mi bebé llegue. Quiero que crezca viendo a una madre real, no a una mujer sobreexigida. Y quiero que sepa que ella tampoco tiene que autoexigirse la perfección.
Renuncio a ser una madre perfecta… y qué descanso.